Pidamos al Espíritu Santo infunda en nosotros un intenso anhelo de ser santos para la mayor gloria de Dios y alentémonos unos a otros en este intento. (GE 177)

La Pascua bajo la mirada de San Juan Apóstol y Santa Teresa de los Andes

Miércoles de Ceniza, empezamos el camino cuaresmal, camino de cuarenta días hacia la Pascua, hacia el corazón del año litúrgico y de la fe.

Es un camino que sigue al de Jesús, que a los inicios de su ministerio se retiró durante cuarenta días a rezar y a ayunar, tentado por el diablo, en el desierto. Precisamente del significado espiritual del desierto quisiera hablaros hoy. De lo que significa espiritualmente el desierto para todos nosotros, aunque vivamos en la ciudad, qué significa el desierto.

Imaginemos que estamos en un desierto. La primera sensación sería la de encontrarnos rodeados por un gran silencio: nada de ruido a parte del viento y de nuestra respiración. El desierto es el lugar de desconexión del estruendo que nos rodea. Es la ausencia de palabras para hacer espacio a otra Palabra, la Palabra de Dios, que como una brisa ligera nos acaricia el corazón (cf. 1 Reyes 19,12). El desierto es el lugar de la Palabra, con mayúsculas. En la Biblia, de hecho, el Señor ama hablarnos en el desierto. El en desierto entrega a Moisés las «diez palabras», los diez mandamientos. Y cuando el pueblo se aleja de Él, conviriéndose en una esposa infiel, Dios dice: «la llevaré al desierto y hablaré a su corazón. Ella responderá allí como en los días de su juventud (Oseas 2, 16-17). En el desierto se escucha la Palabra de Dios, que es como un sonido ligero. El Libro de los Reyes dice que la Palabra de Dios es como un hilo de silencio sonoro. En el desierto se encuentra la intimidad con Dios, el amor del Señor. Jesús amaba retirarse cada día a lugares desiertos a rezar (cf. Lucas 5, 16). Nos enseñó cómo buscar al Padre, que nos habla en el silencio. Y no es fácil hacer silencio en el corazón, porque nosotros tratamos siempre de hablar un poco, de estar con los demás.

La Cuaresma es el tiempo propicio para hacer espacio a la Palabra de Dios. Es el tiempo para apagar la televisión y abrir la Biblia. Cuando era niño, no había televisión, pero existía la costumbre de no escuchar la radio. La Cuaresma es desierto, es el tiempo para renunciar, para desconectar del teléfono móvil y conectarnos al Evangelio. Es el tiempo para renunciar a palabras inútiles, charlatanerías, rumores, cotilleos y hablar y dar de «tú» al Señor. Es el tiempo para dedicarse a una sana ecología del corazón, a hacer limpieza ahí. Vivimos en un ambiente contaminado por demasiada violencia verbal, por tantas palabras ofensivas y nocivas, que la red amplifica. Hoy se insulta como quien dice «buenos días». Estamos inundados de palabras vacías, de publicidad, de mensajes solapados. Nos hemos acostumbrado a oir de todo a todos y corremos el riesgo de deslizarnos en una mundanidad que nos atrofie el corazón y no hay bypass para sanar eso, sino solo el silencio. Nos cuesta distinguir la voz del Señor que nos habla, la voz de la conciencia, la voz del bien. Jesús, llamándonos en el desierto, nos invita a prestar escucha a lo que cuenta, a lo importante, a lo esencial. Al diablo que lo tentaba, le respondió: «No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mateo 4, 4). Como el pan, más que el pan nos hace falta la Palabra de Dios, necesitamos hablar con Dios: necesitamos rezar. Porque solo frente a Dios salen a la luz las inclinaciones del corazón y caen las dobleces del alma. He aquí el desierto, lugar de vida, no de muerte, porque dialogar en silencio con el Señor nos da vida.

Tratemos de nuevo de pensar en el desierto. El desierto es el lugar de lo esencial. Miremos nuestras vidas: ¡cuántas cosas inútiles nos rodean! Perseguimos mil cosas que parecen necesarias y en realidad no lo son. ¡Qué bien nos haría liberarnos de tantas realidades superfluas, para redescubrir lo que de verdad importa, para encontrar los rostros de quienes están a nuestro lado! También en esto Jesús nos da su ejemplo, ayunando. Ayunar es saber renunciar a las cosas vanas, a lo superfluo, para ir a lo esencial. Ayunar no es solamente adelgazar, ayunar es ir precisamente a lo esencial, es buscar la belleza de una vida más sencilla.

El desierto, finalmente, es el lugar de la soledad. También hoy, cerca de nosotros, hay tantos desiertos. Son las personas solas y abandonadas. Cuantos pobres y ancianos están cerca de nosotros y viven en silencio, sin clamor, marginados y descartados. Hablar de ellos no aumenta las audiencias. Pero el desierto nos lleva a ellos, a cuantos, forzados a callar, piden en silencio nuestra ayuda. Tantas miradas silenciosas que piden nuestra ayuda. El camino en el desierto cuaresmal es un camino de caridad hacia quien es más débil.

Oración, ayuno, obras de misericordia: he aquí el camino en el desierto cuaresmal.

Queridos hermanos y hermanas, con la voz del profeta Isaías, Dios hizo esta promesa: «Pues bien, he aquí que yo lo renuevo: pongo en el desierto un camino» (Isaías 43, 19). En el desierto se abre el camino que nos lleva de la muerte a la vida. Entremos en el desierto con Jesús, saldremos saboreando la Pascua, la potencia del amor de Dios que nos renueva la vida. Sucederá a nosotros como a esos desiertos que en primavera florecen, haciendo germinar de repente «de la nada» gemas y plantas. Ánimo, entremos en este desierto de la Cuaresma. Sigamos a Jesús en el desierto: con Él nuestros desiertos florecerán.

 

PAPA FRANCISCO
AUDIENCIA GENERAL
26 de febrero de 2020